VI ÁNGELES que apresuradamente
iban y venían de uno a otro lado del cielo, descendían a
la tierra y volvían a subir al cielo, como si se prepararan para
el cumplimiento de algún notable acontecimiento. Después
vi a otro ángel poderoso, al que se ordenó que descendiera
a la tierra y uniese su voz con la del tercer ángel para dar fuerza
y vigor a su mensaje. Ese ángel recibió gran poder y gloria,
y al descender iluminó toda la tierra con su resplandor. La luz
que lo acompañaba penetraba por doquier mientras clamaba con fuerte
voz: "Ha caído, ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho
habitación de demonios, y guarida de todo espíritu inmundo,
y albergue de toda ave inmunda y aborrecible" (Apoc. 18: 2).
Aquí se repite el
mensaje de la caída de Babilonia, tal como lo dio el segundo ángel,
con la mención adicional de las corrupciones que se han introducido
en las iglesias desde 1844. La obra de ese ángel comienza a tiempo
para unirse a la última magna tarea del mensaje del tercer ángel,
cuando éste se intensifica hasta convertirse en un fuerte pregón.
Así se prepara el pueblo de Dios para afrontar la hora de la prueba
que muy pronto ha de sobrevenir. Vi que sobre ellos reposaba una luz vivísima,
y que se unían para proclamar sin temor el mensaje del tercer ángel.
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Otros ángeles fueron
enviados para ayudar al poderoso ángel del cielo, y oí voces
que parecía resonaban por doquier y que decían: "Salid de
ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de
sus pecados, y ni recibáis parte en sus plagas; porque sus pecados
han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades" (Apoc.
18: 4, 5). Este mensaje parecía un complemento del tercer mensaje,
que se le unía así como el clamor de medianoche se unió
en 1844 al mensaje del segundo ángel. La gloria de Dios reposaba
sobre los santos pacientes y expectantes, que valerosamente daban la postrera
y solemne amonestación, para proclamar la caída de Babilonia
y exhortar al pueblo de Dios a que saliera de ella a fin de huir de su
terrible condenación.
La luz derramada sobre los
fieles penetraba por doquier, y los que estaban en las iglesias, si tenían
alguna luz todavía , y no habían oído ni rechazado
los tres mensajes, obedecieron la exhortación y abandonaron las
iglesias caídas. Muchos conservaron por años en reserva su
responsabilidad frente a estos mensajes, desde que se proclamaron, hasta
que la luz brilló sobre ellos dándoles el privilegio de escoger
entre la vida y la muerte. Algunos escogieron la vida y se unieron con
los que esperaban a su Señor y guardaban todos sus mandamientos.
El tercer mensaje tenía que efectuar su obra. Todos iban a ser probados
por él, y las almas preciosas iban a recibir la invitación
a salir de las congregaciones religiosas.
Una fuerza impelente movía
a los sinceros, mientras la manifestación del poder de Dios infundía
temor y respeto a los incrédulos parientes y amigos para que no
se atrevieran a estorbar a quienes sentían en sí mismos la
obra del Espíritu de Dios, ni pudieran hacerlo. El postrer llamamiento
llegó hasta 421 los infelices esclavos, y los más piadosos
de ellos prorrumpieron en cánticos de inefable gozo ante la perspectiva
de su feliz liberación.* Sus amos no los pudieron dominar, porque
el asombro y el temor los mantenían en silencio. Se realizaron grandes
milagros. Sanaban los enfermos, y señales y prodigios acompañaban
a los creyentes. Dios colaboraba con la obra, y todos los santos, sin temor
de las consecuencias, obedecieron la convicción de su conciencia,
y se unieron con los que guardaban todos los mandamientos de Dios, y proclamaron
con poder y por doquiera el tercer mensaje. Vi que este mensaje terminaría
con una fuerza y un vigor muy superiores al clamor de medianoche.
Los siervos de Dios, dotados del poder del cielo, con sus semblantes iluminados y resplandecientes de santa consagración, salieron a proclamar el mensaje celestial. Muchas almas diseminadas entre todas las congregaciones religiosas aceptaron la invitación, y las almas preciosas salieron apresuradamente de las iglesias condenadas, como Lot cuando salió presuroso de Sodoma antes que fuera destruida. El pueblo de Dios se fortaleció con la gloria excelsa que reposaba sobre él en gran abundancia, ayudándolo a soportar la hora de la tentación. Oí por todas partes multitud de voces que exclamaban: "Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc. 14: 12). 422