LAS IGLESIAS que no quisieron
recibir el mensaje del primer ángel rechazaron la luz del cielo.
El mensaje fue enviado misericordiosamente a fin de despertarlas para que
vieran su verdadera condición de mundanalidad y apostasía
y trataran de prepararse para salir al encuentro del Señor.
El mensaje del primer ángel
se dio para separar a la iglesia de Cristo de la influencia corruptora
del mundo. Pero para la multitud, incluso de profesos cristianos, las ligaduras
que los ataban a la tierra eran más fuertes que los atractivos celestiales.
Decidieron escuchar la voz de la sabiduría mundanal y rechazaron
el mensaje de la verdad, que escudriña el corazón.
El Señor concede
luz para que sea apreciada y obedecida, no para que sea despreciada y rechazada.
La luz que él envía se transforma en tinieblas para quienes
la rechazan. Cuando el Espíritu de Dios no imprime más la
verdad en los corazones humanos, escucharla es superfluo y lo es también
toda predicación.
Cuando las iglesias desdeñaron
el consejo de Dios al rechazar el mensaje adventista, el Señor a
su vez las rechazó. El primer ángel fue seguido por un segundo
que proclamaba: "Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad,
porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación"
(Apoc. 14: 8). 383 Los adventistas entendieron que este mensaje era un
anuncio de la caída moral de las iglesias como consecuencia de su
rechazamiento del primer mensaje. La proclama: "Ha caído Babilonia"
se dio en el verano de 1844, y como resultado de ella cerca de cincuenta
mil personas abandonaron esas iglesias.
Los que predicaron el primer
mensaje no tenían ni el propósito ni el deseo de causar división
en las iglesias o de formar organizaciones separadas. "En todas mis labores
-dijo Guillermo Miller- nunca tuve el deseo o el pensamiento de fundar
una organización separada de las ya existentes, o de beneficiar
a una en detrimento de otra. Quería beneficiar a todas. Puesto que
suponía que todos los cristianos se regocijarían ante la
perspectiva de la venida de Cristo, y que los que no opinaran como yo no
por eso amarían menos a los que abrazaran esta doctrina, nunca pensé
que hubiera necesidad de celebrar reuniones separadas. M único objeto
era convertir almas a Dios, notificar al mundo acerca del juicio venidero,
e inducir a mis hermanos a preparar sus corazones para salir en paz al
encuentro del Señor. La gran mayoría de los que se convirtieron
como resultado de mis labores se unieron a las diversas iglesias ya existentes.
Cuando algunos vinieron a preguntarme con respecto a su deber, siempre
les dije que fueran adonde se sintieran en casa; y nunca favorecí
a una denominación en particular en mis consejos a tales personas".
Por algún tiempo
muchas iglesias aceptaron su obra, pero cuando rechazaron la verdad del
advenimiento intentaron eliminar toda disensión al respecto. Los
que habían abrazado la doctrina fueron puestos de esa manera en
una situación de gran prueba y perplejidad. Amaban sus iglesias
y no 384 querían separarse de ellas; pero cuando se los ridiculizó
y se los oprimió, y se les negó el privilegio de hablar de
su esperanza, o de asistir a las reuniones donde se predicaba acerca de
la venida del Señor, muchos finalmente se levantaron y se liberaron
del yugo que se les había impuesto.
Los adventistas, cuando
vieron que las iglesias rechazaban el testimonio de la Palabra de Dios,
no pudieron considerarlas más como parte de la iglesia de Cristo,
"columna y baluarte de la verdad", y cuando el mensaje de la caída
de Babilonia comenzó a anunciarse, se sintieron justificados al
separarse de sus antiguas relaciones.
Desde que se rechazó
el primer mensaje, un cambio lamentable ha ocurrido en las iglesias. Puesto
que la verdad ha sido menospreciada, se ha recibido el error y se lo ha
asentado. El amor por Dios y la fe en su Palabra se han enfriado. Las iglesias
contristaron al Espíritu de Dios, y en gran medida éste se
retiró de ellas.
La tardanza
Cuando el año 1843
pasó sin que se hubiera producido el advenimiento de Jesús,
los que habían esperado con fe su aparición quedaron por
un tiempo con dudas y perplejidades. Pero a pesar de su chasco muchos continuaron
investigando las Escrituras, examinaron nuevamente las evidencias de su
fe, y estudiaron cuidadosamente las profecías para tener más
luz. El testimonio de la Biblia en apoyo de su posición, parecía
claro y concluyente. Ciertas señales que no se podían interpretar
mal indicaban que la venida de Cristo estaba cerca. Los creyentes no podían
explicar su desilusión; no obstante, se sentían seguros de
que Dios los había conducido en su experiencia pasada. 385
Su fe se fortaleció
muchísimo mediante la aplicación directa y poderosa de los
pasajes que indicaban que habría un período de tardanza.
Ya en 1842 el Espíritu de Dios había inducido a Carlos Fitch
a preparar un diagrama profético, lo que fue generalmente considerado
por los adventistas como el cumplimiento de la orden dada al profeta Habacuc
de escribir la visión y declararla por medio de tablas. Sin embargo,
nadie vio en ese entonces la tardanza que se presentaba en la misma profecía.
Después de la desilusión resultó claro el significado
completo de ese texto. Esto es lo que dice el profeta: "Escribe la visión,
y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella. Aunque
la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura
hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque
sin duda vendrá, no tardará" (Hab. 2: 2, 3).
Los que esperaban se regocijaron
porque Quien conoce el fin desde el principio había proyectado su
mirada a través de las edades y, previendo su desilusión,
les había dado palabras de ánimo y esperanza. Si no hubiera
sido por tales porciones de la Escritura que les mostraban que estaban
en el buen camino, su fe habría fallado en esa hora de prueba.
En la parábola de
las diez vírgenes de Mateo 25 se ilustra la experiencia de los adventistas
mediante los incidentes de una boda oriental. "Entonces el reino de los
cielos será semejante a diez, vírgenes que tomando sus lámparas,
salieron a recibir al esposo". "Y tardándose el esposo, cabecearon
todas y se durmieron" (vers. 1, 5).
El vasto movimiento que
se produjo como resultado de la proclamación del primer mensaje
correspondió a la salida de las vírgenes, mientras que el
tiempo de espera, la desilusión y la demora estaban representados
por la tardanza del novio. Después 386 que pasó la fecha
señalada los verdaderos creyentes seguían unidos en su creencia
de que el fin de todas las cosas estaba a las puertas; pero pronto se hizo
evidente que estaban perdiendo de alguna manera su celo, y su devoción,
y que estaban cayendo en el estado de sopor descripto en la parábola,
en que cayeron las vírgenes durante la tardanza.
En ese tiempo comenzó
a surgir el fanatismo. Algunos que profesaban creer celosamente el mensaje
rechazaron la Palabra de Dios como guía infalible, y pretendiendo
ser guiados por el Espíritu se entregaron, al dominio de sus propios
sentimientos, impresiones e imaginaciones. Hubo quienes manifestaron un
celo ciego y fanático, y denunciaron a todos los que no sancionaban
su proceder. Sus ideas y prácticas fanáticas no contaron
con la simpatía de la mayor parte de los adventistas; pero sirvieron
para acarrear oprobio a la causa de la verdad.
La predicación del primer mensaje en 1843 y el clamor de medianoche en 1844 tendieron directamente a reprimir el fanatismo y la disensión. Los que participaron en esos solemnes movimientos estaban en armonía; sus corazones estaban llenos de amor mutuo y de amor por Jesús, a quien esperaban ver muy pronto. La fe única, la bendita esperanza, los elevaron por encima del dominio de cualquier influencia humana, y demostraron que eran un escudo contra los ataques de Satanás. 387