51. EL MENSAJE DEL SEGUNDO ÁNGEL

LAS IGLESIAS que no quisieron recibir el mensaje del primer ángel rechazaron la luz del cielo. El mensaje fue enviado misericordiosamente a fin de despertarlas para que vieran su verdadera condición de mundanalidad y apostasía y trataran de prepararse para salir al encuentro del Señor.

El mensaje del primer ángel se dio para separar a la iglesia de Cristo de la influencia corruptora del mundo. Pero para la multitud, incluso de profesos cristianos, las ligaduras que los ataban a la tierra eran más fuertes que los atractivos celestiales. Decidieron escuchar la voz de la sabiduría mundanal y rechazaron el mensaje de la verdad, que escudriña el corazón.

El Señor concede luz para que sea apreciada y obedecida, no para que sea despreciada y rechazada. La luz que él envía se transforma en tinieblas para quienes la rechazan. Cuando el Espíritu de Dios no imprime más la verdad en los corazones humanos, escucharla es superfluo y lo es también toda predicación.

Cuando las iglesias desdeñaron el consejo de Dios al rechazar el mensaje adventista, el Señor a su vez las rechazó. El primer ángel fue seguido por un segundo que proclamaba: "Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación" (Apoc. 14: 8). 383 Los adventistas entendieron que este mensaje era un anuncio de la caída moral de las iglesias como consecuencia de su rechazamiento del primer mensaje. La proclama: "Ha caído Babilonia" se dio en el verano de 1844, y como resultado de ella cerca de cincuenta mil personas abandonaron esas iglesias.

Los que predicaron el primer mensaje no tenían ni el propósito ni el deseo de causar división en las iglesias o de formar organizaciones separadas. "En todas mis labores -dijo Guillermo Miller- nunca tuve el deseo o el pensamiento de fundar una organización separada de las ya existentes, o de beneficiar a una en detrimento de otra. Quería beneficiar a todas. Puesto que suponía que todos los cristianos se regocijarían ante la perspectiva de la venida de Cristo, y que los que no opinaran como yo no por eso amarían menos a los que abrazaran esta doctrina, nunca pensé que hubiera necesidad de celebrar reuniones separadas. M único objeto era convertir almas a Dios, notificar al mundo acerca del juicio venidero, e inducir a mis hermanos a preparar sus corazones para salir en paz al encuentro del Señor. La gran mayoría de los que se convirtieron como resultado de mis labores se unieron a las diversas iglesias ya existentes. Cuando algunos vinieron a preguntarme con respecto a su deber, siempre les dije que fueran adonde se sintieran en casa; y nunca favorecí a una denominación en particular en mis consejos a tales personas".

Por algún tiempo muchas iglesias aceptaron su obra, pero cuando rechazaron la verdad del advenimiento intentaron eliminar toda disensión al respecto. Los que habían abrazado la doctrina fueron puestos de esa manera en una situación de gran prueba y perplejidad. Amaban sus iglesias y no 384 querían separarse de ellas; pero cuando se los ridiculizó y se los oprimió, y se les negó el privilegio de hablar de su esperanza, o de asistir a las reuniones donde se predicaba acerca de la venida del Señor, muchos finalmente se levantaron y se liberaron del yugo que se les había impuesto.

Los adventistas, cuando vieron que las iglesias rechazaban el testimonio de la Palabra de Dios, no pudieron considerarlas más como parte de la iglesia de Cristo, "columna y baluarte de la verdad", y cuando el mensaje de la caída de Babilonia comenzó a anunciarse, se sintieron justificados al separarse de sus antiguas relaciones.

Desde que se rechazó el primer mensaje, un cambio lamentable ha ocurrido en las iglesias. Puesto que la verdad ha sido menospreciada, se ha recibido el error y se lo ha asentado. El amor por Dios y la fe en su Palabra se han enfriado. Las iglesias contristaron al Espíritu de Dios, y en gran medida éste se retiró de ellas.

La tardanza

Cuando el año 1843 pasó sin que se hubiera producido el advenimiento de Jesús, los que habían esperado con fe su aparición quedaron por un tiempo con dudas y perplejidades. Pero a pesar de su chasco muchos continuaron investigando las Escrituras, examinaron nuevamente las evidencias de su fe, y estudiaron cuidadosamente las profecías para tener más luz. El testimonio de la Biblia en apoyo de su posición, parecía claro y concluyente. Ciertas señales que no se podían interpretar mal indicaban que la venida de Cristo estaba cerca. Los creyentes no podían explicar su desilusión; no obstante, se sentían seguros de que Dios los había conducido en su experiencia pasada. 385

Su fe se fortaleció muchísimo mediante la aplicación directa y poderosa de los pasajes que indicaban que habría un período de tardanza. Ya en 1842 el Espíritu de Dios había inducido a Carlos Fitch a preparar un diagrama profético, lo que fue generalmente considerado por los adventistas como el cumplimiento de la orden dada al profeta Habacuc de escribir la visión y declararla por medio de tablas. Sin embargo, nadie vio en ese entonces la tardanza que se presentaba en la misma profecía. Después de la desilusión resultó claro el significado completo de ese texto. Esto es lo que dice el profeta: "Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella. Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará" (Hab. 2: 2, 3).

Los que esperaban se regocijaron porque Quien conoce el fin desde el principio había proyectado su mirada a través de las edades y, previendo su desilusión, les había dado palabras de ánimo y esperanza. Si no hubiera sido por tales porciones de la Escritura que les mostraban que estaban en el buen camino, su fe habría fallado en esa hora de prueba.

En la parábola de las diez vírgenes de Mateo 25 se ilustra la experiencia de los adventistas mediante los incidentes de una boda oriental. "Entonces el reino de los cielos será semejante a diez, vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo". "Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron" (vers. 1, 5).

El vasto movimiento que se produjo como resultado de la proclamación del primer mensaje correspondió a la salida de las vírgenes, mientras que el tiempo de espera, la desilusión y la demora estaban representados por la tardanza del novio. Después 386 que pasó la fecha señalada los verdaderos creyentes seguían unidos en su creencia de que el fin de todas las cosas estaba a las puertas; pero pronto se hizo evidente que estaban perdiendo de alguna manera su celo, y su devoción, y que estaban cayendo en el estado de sopor descripto en la parábola, en que cayeron las vírgenes durante la tardanza. 

En ese tiempo comenzó a surgir el fanatismo. Algunos que profesaban creer celosamente el mensaje rechazaron la Palabra de Dios como guía infalible, y pretendiendo ser guiados por el Espíritu se entregaron, al dominio de sus propios sentimientos, impresiones e imaginaciones. Hubo quienes manifestaron un celo ciego y fanático, y denunciaron a todos los que no sancionaban su proceder. Sus ideas y prácticas fanáticas no contaron con la simpatía de la mayor parte de los adventistas; pero sirvieron para acarrear oprobio a la causa de la verdad. 

La predicación del primer mensaje en 1843 y el clamor de medianoche en 1844 tendieron directamente a reprimir el fanatismo y la disensión. Los que participaron en esos solemnes movimientos estaban en armonía; sus corazones estaban llenos de amor mutuo y de amor por Jesús, a quien esperaban ver muy pronto. La fe única, la bendita esperanza, los elevaron por encima del dominio de cualquier influencia humana, y demostraron que eran un escudo contra los ataques de Satanás. 387

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